
Por: Francisca Segura Lobos, Psicóloga Clínica, Psicóloga de la Fundación TEAcogemos.
Cada vez que escucho a un papá o una mamá decir: “Mi hijo es muy difícil”, pienso lo mismo.
¿Cómo no va a ser difícil crecer en un mundo construido por adultos? Un mundo donde quienes hoy educamos muchas veces olvidamos que también fuimos adolescentes. O quizás lo recordamos, pero desde la comodidad de haber sobrevivido a esa etapa.
Vemos a nuestros hijos crecer. Les sale barba, cambian la voz, se maquillan, manejan, miden casi lo mismo que nosotros. Empiezan a tener rasgos físicos de adultos y, sin darnos cuenta, comenzamos a exigirles un desarrollo emocional que todavía no tienen.
Esperamos que regulen sus emociones, que piensen antes de actuar, que comprendan las consecuencias de todo lo que hacen. Esperamos conversaciones maduras, decisiones responsables y una capacidad de reflexión que, muchas veces, ni siquiera nosotros tenemos. Pero, al mismo tiempo, queremos que obedezcan como cuando tenían ocho años. Les pedimos autonomía, pero solo si esa autonomía coincide con nuestras expectativas.
Ese es el adultocentrismo del que pocas veces hablamos. No solo creer que sabemos más por ser adultos, sino asumir que nuestra forma de entender el mundo es la correcta y que el desarrollo de nuestros hijos debería seguir el ritmo que a nosotros nos acomoda. La adolescencia, sin embargo, no funciona así.
La palabra adolescencia proviene de adolescer: crecer, desarrollarse, transformarse. Es una etapa donde la identidad todavía está en construcción. Cuestionar, diferenciarse y probar distintas formas de ser no es una señal de fracaso en la crianza; es parte del desarrollo.
En consulta hay algo que me llama profundamente la atención.
Los adolescentes rara vez llegan porque no quieran hablar. Muchas veces llegan porque todavía no saben cómo hacerlo.
- La rabia se mezcla con la tristeza.
- La culpa con el enojo.
- La alegría con el amor.
- El miedo con la vergüenza.
Y entonces pienso… si para nosotros, siendo adultos, ponerle nombre a lo que sentimos ya es difícil, ¿por qué esperamos que un adolescente pueda hacerlo con tanta claridad?
Y hay una escena que se repite una y otra vez. Los padres miran a su hijo y dicen: «Es que no habla. Nunca dice lo que le pasa.» Entonces les pregunto cómo se habla de emociones en la casa, ahí muchas veces aparece el silencio. Padres que tampoco saben tener conversaciones incómodas, que nunca aprendieron a poner en palabras el miedo, la culpa, la tristeza o la frustración, pero que esperan que sus hijos sí puedan hacerlo.
Me pregunto entonces: ¿de dónde esperamos que aprendan? ¿Cómo le exigimos a un adolescente que explique con claridad lo que siente si está recién descubriendo qué es lo que siente? ¿Cómo va a encontrar las palabras si en su familia las emociones muchas veces se resolvieron con un «no exageres», «ya se te va a pasar» o simplemente cambiando de tema?
Claro que un adolescente puede levantarse de mal humor. Puede cuestionarlo todo, equivocarse, contradecirse e incluso responder de formas que nos incomodan. Está creciendo. Lo preocupante no es eso. Lo preocupante es cuando no encuentra un espacio donde aprender a transformar esa rabia, ese silencio o esa confusión en palabras. Por eso muchas conductas terminan hablando antes que las palabras. Un portazo, el silencio, encerrarse en la pieza, contestar mal o incluso desaparecer por horas pueden ser formas muy “torpes” de decir: “No entiendo lo que me está pasando.” Y nosotros solemos responder intentando corregir la conducta, cuando quizás primero deberíamos intentar comprender la emoción.
Felipe Lecannelier lo plantea muy bien cuando habla de volver a mirar la adolescencia. Tendemos a movernos entre extremos. Cuando son pequeños los protegemos de todo, abrazamos, cuidamos, vemos su fragilidad; cuando crecen creemos que necesitan menos cariño, menos abrazos, menos contención. Como si la autonomía significara dejar de necesitar un lugar seguro al cual volver.
Y no es así.
Los adolescentes necesitan explorar, necesitan equivocarse y también necesitan que alguien permanezca disponible mientras lo hacen.
En una sociedad del todo o nada, o que, como critica Byung-Chul Han, valora la rapidez, el rendimiento y las respuestas inmediatas, hemos perdido algo fundamental: la capacidad de detenernos a escuchar. En La tonalidad del pensamiento, invita precisamente a recuperar una mirada más contemplativa, más abierta a aquello que no se revela de inmediato. Creo que con los adolescentes ocurre exactamente eso.
- Queremos entenderlos rápido.
- Etiquetarlos rápido.
- Corregirlos rápido.
Pero un adolescente no se comprende con prisa, se comprende habitándolo, escuchándolo, tolerando incluso aquello que todavía no logra decir con palabras y quizás por eso me cuesta tanto cuando escucho que un adolescente es “difícil”. Porque sí, probablemente lo sea.
Está intentando descubrir quién es, mientras su cerebro sigue desarrollándose, su cuerpo cambia, sus vínculos cambian y el mundo le exige comportarse como un adulto antes de sentirse uno. Y aquí me quiero detener, tal vez la pregunta no es por qué nuestros adolescentes son tan difíciles. Tal vez la pregunta es cuánto estamos dispuestos nosotros, como adultos, a dejar de mirarlos desde nuestras certezas para volver a encontrarnos con ellos desde la curiosidad.
Porque detrás de esa barba, de esa voz grave, de ese maquillaje, de esos permisos para ir donde un amigo o amiga o de esa aparente independencia, sigue habiendo un hijo que necesita algo que nunca pasa de moda: sentirse comprendido y sentirse amado.

