
Por: Francisca Cerro Verdugo, Psicóloga Clínica, Psicoterapeuta Sistémica Familiar, Magíster en Psicología Clínica de Adultos Universidad de Chile.
Abril es el mes de la aceptación del autismo. El 2 de abril la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) celebra el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo. Este año el lema es «Autismo y humanidad: toda vida tiene valor», destacando y reivindicando la dignidad y el valor de todas las personas autistas como parte integrante del futuro común de la humanidad. Y me pregunto, ¿es necesario explicitar que la vida de las personas autistas también tiene valor?
Parto mi participación en esta columna no de manera casual hablando sobre autismo, sino que desde mi posición como psicóloga y también persona autista. El reconocerme como mujer autista es para mí una forma de posicionarme y nombrarme y, por lo tanto, de existir.
El último tiempo se habla cada vez más sobre autismo, sin embargo, sigue representado en personas no autistas, reduciendo la experiencia en niños y en estereotipos, o discursos que patologizan el autismo.
Me duele ver como psicóloga que acompaña a personas autistas, y como autista, la enorme cantidad de información errónea el 2 de abril, que además no incluye la visión de personas autistas. Varios autistas venimos diciendo que el color azul no nos representa, asociado a los hombres y las infancias, que preferimos el símbolo del infinito asociado al enorme espectro y no el rompecabezas porque no somos una pieza que falta. Sin embargo, parece que nuestra voz no es escuchada.
Irónicamente el lema de este año “toda vida tiene valor”, no se condice con lo que ocurre en el cotidiano. No es suficiente un día al año, ni la buena voluntad para que las personas autistas vivamos en un mundo más accesible, porque para concientizar necesitamos en primer lugar escuchar y a veces escucharnos es
incómodo.
Es incómodo saber que un alto porcentaje (76% a 90%) de personas autistas adultas no tiene un trabajo formal; o que 1 de cada 10 mujeres autistas ha vivido violencia sexual. Duele saber que para concientizar sobre el autismo se deba decir que nuestras vidas tienen valor.
Porque no se trata de campañas, colores o símbolos impuestos. Se trata de derechos, de participación y de justicia social. Nada de nosotros sin nosotros no es solo una consigna: es una exigencia ética. Mientras las personas autistas sigamos siendo habladas en lugar de escuchadas, la inclusión será solo un discurso vacío, una palabra bonita de usar. Reconocer nuestro valor implica algo mucho más profundo: ceder espacio, cuestionar privilegios y construir, con nosotros, un mundo donde no tengamos que justificar nuestra existencia.

