
Por: Carlos Francisco Reyes Reyes, Psicopedagogo, Presidente Agrupación Apapachos.
La reciente muerte de la joven española Noelia Castillo, de 25 años, volvió a instalar un debate complejo y sensible: el derecho a morir, el sufrimiento humano y los límites de la medicina. Sin embargo, más allá de las posiciones legales, ideológicas o religiosas, hay una pregunta mucho más profunda que deberíamos hacernos como sociedad y también como cristianos: ¿qué estamos haciendo con el sufrimiento humano mientras las personas todavía están vivas?
Noelia quedó parapléjica tras un intento de suicidio en 2022, en medio de una historia marcada por violencia, trauma psicológico y dolor crónico. Luego de casi dos años de procesos médicos y judiciales, la justicia española confirmó su derecho a acceder a la eutanasia conforme a la ley vigente desde 2021. Su caso no es aislado. Desde la implementación de esa ley, más de mil personas han accedido a este procedimiento en España, lo que demuestra que no estamos frente a situaciones excepcionales, sino frente a una realidad humana que nos interpela profundamente. Y es ahí donde esta conversación deja de ser solo jurídica y se vuelve inevitablemente ética y humana.
Porque cuando aparecen estos casos, vemos debates muy firmes entre quienes defienden la vida y quienes defienden la autonomía personal, pero no siempre vemos la misma fuerza cuando se trata de defender la dignidad diaria de quienes viven con dolor, soledad, abandono emocional o enfermedades mentales invisibles. Como cristiano, esto me genera una inquietud honesta, porque también debemos tener la valentía de reconocer algo incómodo: muchas personas que pasan por nuestras iglesias llegan con heridas profundas y aun así, muchas veces encuentran más respuestas rápidas que verdadera escucha, más consejos que compañía, más juicios que abrazos. Y esa es una reflexión que no podemos evitar si queremos ser coherentes con el Evangelio que predicamos.
Jesús nunca evitó el dolor humano ni lo trató como un tema teórico. Él se acercaba precisamente a quienes estaban quebrados, a los enfermos, a los rechazados, a los que nadie quería mirar. Y lo primero que ofrecía no era una norma ni un discurso moral, sino dignidad, presencia y compasión. Hoy, en cambio, vemos a muchos creyentes muy activos defendiendo principios en redes sociales, pero menos presentes cuando se trata de acompañar procesos humanos difíciles. A veces pareciera que somos más rápidos para opinar que para acompañar, más firmes para hablar de verdad que para practicar misericordia.
Y esta no es una crítica desde fuera, sino una autocrítica necesaria desde dentro. Porque la fe cristiana no se mide por cuánto hablamos de Dios, sino por cuánto nos parecemos a Cristo en la manera en que tratamos a quienes están sufriendo. Tal vez el verdadero fracaso social no está solamente en una decisión médica extrema, sino en todos los espacios donde esa persona buscó sentido y no lo encontró, en todas las veces donde quizás necesitó ser escuchada y nadie tuvo tiempo, en todos los momentos donde el dolor emocional fue minimizado o espiritualizado sin un acompañamiento real.
Esto no significa renunciar a los valores cristianos ni relativizar la defensa de la vida. Todo lo contrario. Significa volver a lo más esencial del mensaje de Jesús: el amor concreto, el acompañamiento real y la compasión activa. Porque defender la vida también significa estar presentes cuando alguien está perdiendo la esperanza, escuchar sin apuro, acompañar sin condiciones y recordar a cada persona que su vida sigue teniendo valor incluso cuando ella misma dejó de verlo.
Quizás el mayor desafío que estos casos dejan a quienes decimos tener fe no es ganar una discusión sobre la muerte, sino preguntarnos con honestidad si estamos haciendo lo suficiente para que alguien quiera seguir viviendo. Porque al final, la Iglesia no debería ser solo un lugar donde se habla de la vida, sino un espacio donde nadie sienta que la está peleando solo, donde el amor no sea solo un concepto teológico, sino una experiencia real. Porque si algo debería distinguir a quienes seguimos a Cristo no es solo lo que creemos, sino la forma en que somos capaces de amar, especialmente a quienes más lo necesitan.

