
Por: Carlos Francisco Reyes Reyes, Psicopedagogo, Presidente Agrupación Apapacho.
En distintas partes del mundo, las escuelas —que deberían ser espacios de cuidado, formación y esperanz — han comenzado a aparecer en los titulares por razones que estremecen: tiroteos, agresiones con armas y conflictos que escalan de manera alarmante entre estudiantes. Lo que antes parecía lejano, hoy se ha vuelto parte de una conversación global. Países como Estados Unidos llevan años enfrentando una crisis profunda de violencia escolar, con episodios reiterados que han impactado no solo a las comunidades educativas, sino también a toda una generación marcada por el miedo. Pero esto ya no es un fenómeno aislado. La violencia ha comenzado a cruzar fronteras, culturas y realidades.
En Chile, y particularmente en Temuco, también estamos viendo señales que no podemos ignorar: estudiantes que ingresan a establecimientos con armas, situaciones de agresividad extrema y entornos escolares cada vez más tensionados. No se trata de instalar alarma, pero sí de reconocer que lo que está ocurriendo responde a una tendencia que, si no se aborda a tiempo, puede crecer. Y aquí es importante ser justos: esto no es responsabilidad exclusiva de los colegios ni de las autoridades. La violencia que vemos en el aula no nace ahí, llega ahí. Llega desde contextos donde muchas veces falta contención, donde el diálogo ha sido reemplazado por el silencio o la distancia, donde la salud mental sigue siendo un tema pendiente y donde los niños y jóvenes, en medio de tantas exigencias y estímulos, terminan sintiéndose solos.
Por eso, aunque incomode, es necesario volver a mirar el rol de la familia. No desde la culpa, sino desde la responsabilidad compartida. Porque los padres no solo proveen, también forman; no solo corrigen, también acompañan; no solo están, sino que marcan la manera en que sus hijos enfrentan el mundo. Cuando ese rol se debilita, otros ocupan su lugar: la violencia, la frustración mal canalizada, la influencia de entornos dañinos o la ausencia de límites claros. Criar hoy no es fácil, nadie lo discute, pero precisamente por eso se vuelve aún más necesario estar presentes, escuchar, observar y conocer realmente a los hijos más allá de lo superficial.
Si queremos prevenir escenarios más complejos, no basta con reforzar protocolos o aumentar medidas de control dentro de los colegios. Eso puede ayudar, pero no resuelve el fondo del problema. La verdadera prevención comienza mucho antes, en el hogar, en las conversaciones cotidianas, en los vínculos que se construyen día a día. Temuco —y el país en general— aún está a tiempo de enfrentar esta realidad con una mirada más profunda, sin caer en extremos ni en discursos simplistas. Porque cuando un estudiante cruza la puerta de su colegio con rabia, miedo o violencia, muchas veces no está buscando hacer daño… está mostrando, de la única forma que sabe, todo lo que no se logró contener antes. Y ahí, como sociedad, no podemos permitirnos llegar tarde.

