
Por: Gemita Álvarez Sepúlveda, Médica Veterinaria y Magíster en Recursos Naturales, Académica en el Área Ambiental (U. Mayor Temuco–UFRO).
Durante años he planteado a mis estudiantes una pregunta sencilla pero reveladora: ¿qué ocurriría si Chile nunca hubiera desarrollado normas de construcción antisísmica? La respuesta es evidente. Cada terremoto de gran magnitud significaría reconstruir ciudades completas, enfrentar daños evitables y repetir una historia de pérdidas humanas, sociales y económicas.
Pero Chile tomó otro camino. Entendimos que los terremotos son parte de nuestra realidad geográfica y que no podemos eliminarlos. Lo que sí podemos hacer es reducir nuestra vulnerabilidad mediante conocimiento, planificación, regulación e inversión. Aprendimos a convivir con una amenaza natural.
Entonces surge una pregunta necesaria: si fuimos capaces de construir una cultura de prevención frente a los terremotos, ¿por qué seguimos enfrentando el cambio climático principalmente desde la emergencia?
El cambio climático no es una amenaza futura; ya forma parte de nuestro presente. Sequías prolongadas, incendios forestales, inundaciones, pérdida de biodiversidad y eventos extremos están poniendo a prueba la forma en que hemos construido y organizado nuestro territorio. Sin embargo, el problema no es solo que el clima esté cambiando. El verdadero desafío es que muchas de nuestras decisiones siguen respondiendo a una realidad que ya no existe. El clima genera amenazas, pero nuestras decisiones determinan cuánto daño producen.
Chile es un país que ha construido gran parte de su desarrollo sobre su patrimonio natural. La minería, la agricultura, la pesca, la generación de energía, el turismo y muchas economías locales dependen directamente de ecosistemas saludables. Por eso, proteger la naturaleza no es una limitación para el desarrollo: es proteger las condiciones que lo hacen posible. La naturaleza no es un obstáculo; es el manual de instrucciones que hemos ignorado durante demasiado tiempo.
Cada territorio tiene una historia ecológica propia. Chile no es un solo paisaje, sino una diversidad de cuencas, ecosistemas y comunidades que funcionan de manera integrada. Lo que ocurre en una cuenca no queda contenido dentro de sus límites administrativos. El agua que nace en la cordillera conecta ecosistemas, actividades productivas y comunidades, y finalmente llega al mar transportando sedimentos, nutrientes y procesos ecológicos que sostienen la vida.
Cada cuenca chilena es única. Sus características geológicas, climáticas y biológicas generan una riqueza natural que debemos comprender y proteger. La agricultura depende del agua. La minería requiere una gestión hídrica responsable. Las ciudades necesitan seguridad hídrica. Los ecosistemas costeros y las actividades pesqueras dependen del equilibrio entre tierra y mar. Por eso, hablar de cambio climático no es hablar solamente de medio ambiente: es hablar de desarrollo, seguridad, economía y futuro.
Chile ha avanzado en esta dirección. La Ley Marco de Cambio Climático (Ley N.º 21.455) estableció que la adaptación debe convertirse en una política permanente del Estado. Asimismo, la Ley N.º 21.364 creó el Sistema Nacional de Prevención y Respuesta ante Desastres (SINAPRED), fortaleciendo una mirada basada en la prevención y la gestión integral del riesgo.
Tenemos instrumentos. Tenemos conocimiento científico. Tenemos experiencia histórica. Lo que necesitamos ahora es transformar esa capacidad en decisiones concretas sobre el territorio. La adaptación climática no significa solo construir infraestructura más resistente. También implica proteger la infraestructura natural que, durante miles de años, ha regulado los sistemas que sostienen nuestra vida. Los humedales disminuyen los impactos de las inundaciones. Los bosques regulan el ciclo del agua y estabilizan los suelos. Las dunas protegen las zonas costeras. Las cuencas saludables reducen vulnerabilidades. La Adaptación basada en Ecosistemas nos recuerda algo fundamental: la naturaleza también es infraestructura.
Durante mucho tiempo pensamos que proteger ecosistemas y promover desarrollo eran caminos opuestos. Hoy sabemos que esa mirada es insuficiente. Un país que degrada sus ecosistemas debilita sus propias bases de desarrollo.
Chile ya aprendió una lección frente a los terremotos: la prevención funciona. La planificación salva vidas. La inversión anticipada reduce pérdidas. El cambio climático nos exige aprender una lección similar. No podemos evitar todos los eventos extremos, pero sí podemos construir territorios menos vulnerables.
El desafío del siglo XXI no es elegir entre desarrollo y naturaleza. El desafío es construir un desarrollo que entienda que depende de ella. Porque el territorio no es solo el lugar donde ocurren las catástrofes. El territorio es la primera herramienta que tenemos para evitarlas.

