
Por: Viviana Díaz Carvallo, Ecologista, Columnista, Presidenta de la Fundación Kurun.
Hoy hablar del alza en los alimentos ya no es una advertencia, es una realidad que se siente todos los días en la mesa de las familias. La Canasta Básica de Alimentos en Chile bordea los $70.000 por persona, y aunque sus variaciones mensuales pueden parecer moderadas, su efecto acumulado sumado al alza de los combustibles y la energía está golpeando con fuerza a las familias.
Pero el problema no es solo el precio. Es, sobre todo, la incertidumbre. Porque cuando los alimentos suben de manera sostenida, pero no así los ingresos, lo que se pone en riesgo no es solo el presupuesto familiar, sino algo mucho más básico; la seguridad alimentaria.
A nivel global, las cifras son claras. Según la FAO, más de 700 millones de personas en el mundo enfrentan inseguridad alimentaria, en un contexto marcado por crisis climáticas, conflictos y un aumento sostenido en los costos de producción y distribución de alimentos. Este escenario evidencia la fragilidad de los sistemas alimentarios y su alta dependencia de factores externos.
Chile no está ajeno a esta realidad. En los últimos años, el costo de producir, transportar y comercializar alimentos ha ido en aumento, y regiones como La Araucanía lo sienten con mayor intensidad. Aquí, donde la agricultura es parte esencial del territorio, el alza en los combustibles y los insumos impacta directamente en quienes producen… y, finalmente, en quienes consumen.
Frente a este escenario, seguir esperando soluciones que muchas veces llegan tarde ya no es suficiente. Hoy se hace necesario avanzar con decisión hacia medidas concretas, cercanas y posibles, que permitan a las familias enfrentar este nuevo contexto.
En este camino, fortalecer los huertos familiares y comunitarios no es solo una alternativa, es una herramienta real de autonomía. Cultivar parte de nuestros alimentos no solo reduce el gasto, también mejora la calidad de lo que consumimos y reconstruye vínculos entre vecinos.
Del mismo modo, impulsar la agricultura urbana se vuelve clave. Espacios que hoy están subutilizados pueden transformarse en fuentes de producción local, acercando los alimentos a las personas y reduciendo la dependencia del transporte y de los grandes mercados.
A esto se suma la necesidad de avanzar en supermercados comunitarios o sociales, que permitan acceder a alimentos a precios justos, disminuyendo la intermediación y aprovechando productos que hoy se pierden en la cadena de distribución.
Asimismo, fortalecer la organización comunitaria en la compra directa a productores locales puede generar un doble impacto: reducir costos para las familias y apoyar la economía local.
Ninguna de estas medidas, por sí sola, resolverá el problema. Pero juntas, pueden marcar una diferencia concreta en la vida de las personas. Porque, en el fondo, el desafío es más profundo. Se trata de dejar de ser solo consumidores y comenzar a ser parte activa de la solución. Hoy más que nunca, avanzar hacia mayor autonomía y resiliencia no es una consigna, es una necesidad.
“La seguridad alimentaria del futuro no se construye solo en los mercados, se construye en los territorios y en la capacidad de las comunidades para organizarse.”

