
Por: Gemita Álvarez Sepúlveda, Médica Veterinaria, Académica, Magíster en Recursos Naturales, Especialista en Conservación de la biodiversidad y derecho ambiental.
Cada cierto tiempo, Chile vuelve a discutir si el lobo marino es responsable de la crisis de la merluza. La escena es conocida: pescadores artesanales enfrentan pérdidas reales, redes dañadas y una competencia cotidiana con un depredador visible. El conflicto existe y es legítimo. Pero la pregunta de fondo es otra: ¿estamos mirando el problema completo o solo el rostro más fácil de identificar?
La experiencia internacional es clara. Cuando una actividad humana entra en tensión con un gran carnívoro, ese animal suele transformarse en el culpable aparente de problemas que tienen causas mucho más profundas. Ocurrió con lobos, pumas, tiburones y felinos en distintos continentes. Hoy ocurre con el lobo marino común en Chile.
La pesca extractiva no produce peces. Extrae un recurso cuya existencia depende de la capacidad natural del ecosistema para renovarse. La merluza no aumenta su abundancia por decisión humana. Depende de procesos ecológicos complejos: biomasa reproductiva, reclutamiento, condiciones oceanográficas, variaciones climáticas y décadas de presión extractiva. Por eso, cuando una pesquería colapsa, rara vez se explica por una sola causa.
El lobo marino es visible, pero la visibilidad no equivale a responsabilidad ecológica. La ciencia ha demostrado que eliminar depredadores no resuelve las causas profundas de las crisis pesqueras. De hecho, puede generar efectos inesperados: cascadas tróficas, desequilibrios y menor resiliencia del ecosistema. El mar no es una fábrica; es una red viva de relaciones.
Aquí aparece un concepto que Chile necesita incorporar con urgencia: capital natural. Los ecosistemas son infraestructura que sostiene nuestra economía. Cuando se degrada esa infraestructura, se degrada también la capacidad de producir bienestar. La conservación no es un obstáculo para el desarrollo. Es su condición.
El debate sobre el lobo marino revela una mirada fragmentada del océano. Analizamos la merluza por un lado, la pesca por otro, el depredador como un problema aislado y el cambio climático como un fenómeno externo. Pero el océano funciona como un sistema socioecológico donde todas estas piezas interactúan.
La medicina veterinaria moderna aporta una perspectiva clave: la salud de los animales, la salud humana y la salud ambiental están conectadas. Cualquier intervención sobre fauna silvestre debe considerar bienestar animal, riesgos sanitarios, impactos ecológicos y efectos sociales. No se trata solo de cuántos lobos hay, sino de cómo intervenimos y con qué evidencia.
Chile enfrenta una decisión mayor. ¿Seguiremos respondiendo a los problemas ambientales eliminando aquello que parece incómodo? ¿O avanzaremos hacia una gobernanza que comprenda las relaciones que sostienen nuestros ecosistemas y nuestras comunidades costeras? El verdadero desafío no es elegir entre conservación y desarrollo. Es construir un modelo donde ambos puedan coexistir porque dependen del mismo equilibrio ecológico. El lobo marino no es el problema. Es el síntoma de una pregunta más profunda: ¿estamos gobernando responsablemente el patrimonio natural que sostiene nuestro futuro?

