El Lazo Sanguíneo Crea Parentescos; el Cuidado y la Constancia Crean Familias

Por: Alondra Neira Rivera, Psicóloga Clínica, Magíster en Terapias de Tercera Generación, Universidad Internacional de Valencia, España.

Uno de cada cuatro chilenos entre los 30 y 39 años dice sentirse solo. A nivel nacional, el 19% de las personas adultas reporta sentirse aislada, excluida o con falta de compañía, mientras que un 10,4% percibe contar con un bajo apoyo social. Estas cifras, reportadas por el Termómetro de Salud Mental Achs–UC 2025, revelan una paradoja propia de nuestro tiempo: nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, nunca había sido tan frecuente sentir que no pertenecemos a ningún lugar.

Quizás el problema no sea la ausencia de personas a nuestro alrededor, sino la forma en que entendemos qué significa tener una familia y construir vínculos capaces de sostenernos.

¿Y si la familia también pudiera elegirse?

Durante décadas crecimos con una idea bastante clara de lo que significaba la familia. Era aquella en la que nacíamos: padres, hermanos, abuelos y tíos. Se nos enseñó que los lazos de sangre eran permanentes y que, por sí solos, garantizaban amor, apoyo y compañía.

Sin embargo, la experiencia clínica, la investigación y, sobre todo, las historias de muchas personas muestran que la realidad es bastante más compleja.

La familia de origen desempeña un papel fundamental en nuestro desarrollo. En ella aprendemos a confiar, regular nuestras emociones, relacionarnos con otros y construir la imagen que tenemos de nosotros mismos. Cuando ese entorno ofrece seguridad, afecto y contención, se convierte en uno de los principales factores protectores para la salud mental.

Pero no todas las familias logran cumplir esa función. Algunas dejan heridas profundas que obligan a aprender en la adultez aquello que nunca pudo desarrollarse durante la infancia.

Y quizás ahí aparece una de las transformaciones culturales más importantes de nuestro tiempo: comprender que la familia no siempre es únicamente aquella con la que compartimos genética.

La adultez trae consigo múltiples desafíos. Construir una identidad propia, desarrollar autonomía, establecer relaciones íntimas, crear proyectos de vida y encontrar un sentido de pertenencia son parte de ese camino. En ese proceso, muchas personas descubren que su mayor sostén emocional no proviene necesariamente de su familia de origen, sino de una pareja, una amistad, un compañero de trabajo o una comunidad donde, por primera vez, pueden sentirse vistas, aceptadas y seguras.

Durante mucho tiempo, cuestionar la idea de la familia tradicional parecía una amenaza. Sin embargo, ampliar el concepto de familia no significa restarle valor a los vínculos biológicos. Significa reconocer que el afecto, el cuidado, la reciprocidad y la seguridad emocional también construyen familia.

Desde la psicología sabemos que contar con una red de apoyo es uno de los principales factores protectores frente a la ansiedad, la depresión y el estrés. Sin embargo, esa red no se mide por la cantidad de contactos guardados en el teléfono ni por el número de personas que saludamos cada día. Se construye a partir de relaciones donde existe la confianza suficiente para pedir ayuda, compartir nuestras vulnerabilidades y sentirnos acompañados incluso en los momentos más difíciles.

Quizás por eso tantas personas experimentan una profunda soledad aun estando rodeadas de gente. No necesariamente porque les falten vínculos, sino porque muchas de sus relaciones permanecen en la superficie.

La intimidad emocional no aparece de manera espontánea; se construye. Requiere que alguien dé el primer paso. Significa reemplazar el automático “todo bien” por una respuesta honesta. Significa preguntar “¿cómo estás?” con la verdadera disposición de escuchar la respuesta completa. Significa atreverse a hablar de los propios miedos, compartir aquello que avergüenza, pedir ayuda antes de sentirse desbordado, recordar fechas importantes, acompañar en los silencios y permanecer al lado del otro incluso cuando no existen soluciones inmediatas.

Son esos pequeños gestos, repetidos una y otra vez, los que transforman una relación cordial en un vínculo capaz de sostenernos.

La necesidad de pertenecer acompaña al ser humano desde el inicio de la vida. No buscamos únicamente compañía; buscamos un lugar donde podamos descansar de las máscaras, donde no sea necesario demostrar constantemente que merecemos ser queridos. Buscamos espacios donde podamos equivocarnos, ser vulnerables y seguir sintiéndonos aceptados.

Cuando encontramos personas con quienes podemos ser auténticos, la soledad deja de depender de cuántos nos rodean y comienza a transformarse en una experiencia de verdadera conexión.

Quizás ha llegado el momento de dejar de preguntarnos quiénes deberían ser nuestra familia y empezar a reconocer quiénes realmente ejercen ese rol en nuestra vida: quienes cuidan, sostienen, escuchan, celebran nuestros logros y permanecen incluso en los días más difíciles, sin que el parentesco sea una condición para hacerlo.

Porque un hogar no siempre se hereda.

A veces se construye.

Se construye conversación a conversación, abrazo a abrazo, presencia a presencia.

Y quizá esa sea una de las formas más profundas y humanas de pertenecer: descubrir que la familia no siempre está determinada por la sangre, sino por las personas que, una y otra vez, eligen quedarse.

Referencia:

Asociación Chilena de Seguridad (ACHS) & Centro UC de Encuestas y Estudios Longitudinales. (2025). Termómetro de Salud Mental Achs–UC. Undécima ronda.

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