Cuando el Odio Necesita una Excusa

Por: Francisca Cerro Verdugo, Psicóloga Clínica, Psicoterapeuta Sistémica Familiar, Magíster en Psicología Clínica de Adulto en Universidad de Chile.

Hay noticias que simplemente no logro comprender. No porque dude de que hayan ocurrido, sino porque resultan tan brutales que parecen irreales. Es el caso de la denuncia por violencia escolar masiva contra una estudiante autista de 10 años del Instituto Claret de Temuco.

Esta noticia me resulta imposible de ignorar. No solo por la violencia que sufrió la estudiante, sino también por el odio que se manifestó en los comentarios de las publicaciones, por la respuesta del establecimiento y, sobre todo, porque esa niña autista se parece a muchas niñas que he conocido. Incluso podría haber sido yo.

La agresión ocurrió el último día antes de las vacaciones de invierno, jornada en la que el colegio permitía asistir disfrazado. La estudiante llegó usando una máscara de gato, uno de sus animales favoritos y, me atrevo a decir, también uno de los favoritos de muchas niñas y mujeres autistas, incluyéndome.

Según denuncian sus padres, ese fue el motivo por el que decenas de estudiantes comenzaron a gritarle «¡es therian!». Lo que ocurrió después resulta estremecedor. La niña fue rodeada por un grupo de entre 60 y más de 100 estudiantes, quienes la golpearon, empujaron y tiraron de su cabello mientras la insultaban y se burlaban de ella.

La madre denunció, además, la nula intervención de los adultos presentes, la ausencia de primeros auxilios y de contención psicológica. Incluso señaló que algunas funcionarias utilizaron la máscara y se burlaron de lo sucedido.

La declaración pública del establecimiento resulta, por decir lo menos, profundamente preocupante. En ella señalan que activaron el protocolo correspondiente y que la investigación continuará una vez finalizadas las vacaciones de invierno. Más grave aún, sostienen que, según las grabaciones revisadas, «no se aprecia la ejecución de actos que puedan ser considerados hechos de violencia física».

El resultado es evidente: una niña policontusa, con lesiones físicas y un daño psicológico imposible de medir en el corto plazo. Pero también queda una comunidad escolar que recibe un mensaje peligroso: la violencia puede minimizarse, relativizarse e incluso justificarse. Y quizás lo más indignante es que algunos adultos, quienes debían protegerla, habrían terminado participando de esa violencia.

Más allá de este caso, lo que también me provoca rabia es la reacción de muchas personas. Basta leer algunos comentarios para encontrar adultos llamando a golpear a quienes se identifican como therians, culpando a los padres por «mandar así» a sus hijos al colegio o afirmando que «los niños autistas deberían estar en colegios especiales».

Al parecer, siempre hay argumentos para justificar la violencia, pero muy pocos para condenarla o alzar la voz.

Y entonces me pregunto: ¿qué ocurriría si un día la sociedad sintiera que tiene derecho a agredir a cualquiera que sea o parezca diferente? La respuesta da miedo, porque no estamos hablando de una posibilidad hipotética. La historia ha demostrado, una y otra vez, que los discursos de odio siempre comienzan justificando que algunas personas valen menos que otras.

Tampoco hace falta ser un experto para advertir el deficiente manejo institucional del caso. Resulta paradójico que muchas veces se describa a las personas autistas como «rígidas», mientras un establecimiento parece incapaz de flexibilizar un calendario para responder a una situación de extrema gravedad. ¿Realmente no era posible retrasar el inicio de las vacaciones para identificar responsables y adoptar medidas inmediatas? ¿Cómo puede sostenerse que una niña con múltiples lesiones no fue víctima de violencia física?

El Instituto Claret parece olvidar que sus reglamentos internos no están por sobre la ley. La Ley N.º 21.545, conocida como Ley TEA, tiene por objeto asegurar la igualdad de oportunidades, proteger la inclusión social de las personas autistas, eliminar toda forma de discriminación y promover su protección en los ámbitos de la educación, la salud y la vida social.

La inclusión no se demuestra con discursos ni protocolos escritos. Se demuestra actuando cuando una estudiante necesita protección y respondiendo de forma oportuna y no “después de vacaciones”.

Nada justifica una agresión. Tampoco los discursos de odio que buscan convertir la diferencia en una amenaza. Hoy fue una máscara de gato. Mañana puede ser cualquier otra característica que alguien decida señalar como motivo para excluir, humillar o golpear.

Porque el problema nunca fue una máscara. El problema es una sociedad que, con demasiada frecuencia, sigue buscando excusas para justificar la violencia.

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