Cristianos en Política: Servir Antes que Gobernar

Por: Carlos Francisco Reyes Reyes, Psicopedagogo, Presidente de la Fundación Apapachos Chile.

Cada cierto tiempo reaparece una pregunta que genera debate tanto dentro como fuera de las iglesias: ¿deben los cristianos participar en política? Para algunos, la fe debería permanecer exclusivamente en el ámbito privado. Para otros, la política parece ser una plataforma para imponer creencias religiosas. Sin embargo, ambas posturas olvidan algo fundamental: los cristianos también son ciudadanos. Trabajan, pagan impuestos, forman familias, enfrentan los mismos problemas que cualquier persona y, por lo tanto, tienen el mismo derecho y deber de involucrarse en la construcción de la sociedad.

En Chile, esta discusión está lejos de ser irrelevante. Según Ipsos, un 59% de los chilenos se identifica como cristiano, lo que demuestra que la fe sigue siendo una parte importante de la identidad de millones de personas. Pretender que esas convicciones desaparezcan al momento de participar en la vida pública sería tan extraño como pedirle a alguien que deje de lado sus principios más profundos cuando asume una responsabilidad social. La verdadera pregunta, entonces, no es si los cristianos pueden participar en política, sino cómo lo hacen.

La respuesta cobra aún más importancia en un tiempo marcado por la desconfianza. Datos de la OCDE muestran que apenas tres de cada diez chilenos declaran tener una confianza moderada o alta en el gobierno nacional. La ciudadanía observa con preocupación los casos de corrupción, los conflictos de interés y las promesas incumplidas que han deteriorado la credibilidad de las instituciones. En este escenario, el país no necesita más discursos grandilocuentes ni más luchas de poder. Necesita personas capaces de servir con integridad.

Y es precisamente ahí donde la fe puede realizar un aporte significativo. El mensaje central del cristianismo nunca ha sido la búsqueda del poder, sino el servicio. Jesús enseñó que quien quiera ser grande debe servir a los demás, una enseñanza profundamente contracultural en una época donde muchas veces se entiende la política como una carrera por cargos, influencia o protagonismo. Cuando un creyente lleva esa convicción al espacio público, su desafío no es imponer una doctrina, sino actuar con honestidad, compasión, humildad y un genuino compromiso con el bien común.

Además, diversos estudios han mostrado que las personas que participan activamente en comunidades religiosas suelen presentar mayores niveles de involucramiento cívico y comunitario. Esto demuestra que la fe, lejos de alejar a las personas de los problemas sociales, puede impulsarlas a comprometerse con ellos. No se trata de construir una sociedad para cristianos, sino de contribuir a una sociedad mejor para todos, especialmente para quienes más necesitan apoyo y oportunidades.

Por supuesto, vivimos en una democracia plural donde conviven distintas creencias, visiones y formas de entender el mundo. Esa diversidad debe ser respetada y valorada. La participación política de los cristianos no puede estar basada en la imposición, sino en el diálogo, la capacidad de construir acuerdos y la búsqueda sincera de soluciones para los problemas que afectan a nuestras comunidades.

Quizás el mayor aporte que un cristiano puede hacer a la política no sea hablar constantemente de su fe, sino vivirla. En tiempos donde la confianza parece escasa, la coherencia se vuelve un testimonio poderoso. Porque al final, la verdadera influencia no nace de un cargo, un partido o una elección. Nace de la capacidad de servir a los demás con convicción, respeto y amor por el prójimo. Y esa es una tarea que la política chilena necesita más que nunca.

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