
Por: Javiera Bravo Burdiles, Trabajadora Social, Miembro de la Red de Mujeres Ambientalistas, Red de Cuidado del Konün Wenu, Fundación Mapu Kimün.
¿Quién seguirá reproduciendo las lógicas extractivas?
Cada vez más mujeres expresan cansancio frente a las relaciones sexoafectivas tradicionales. A menudo esta experiencia se interpreta como un problema individual, una dificultad para comprometerse o una consecuencia de las transformaciones culturales de nuestro tiempo. Sin embargo, quizás estamos observando algo más profundo: una creciente conciencia sobre las formas en que el patriarcado continúa organizando los afectos, los cuidados y la reproducción de la vida.
Las mujeres hemos sido socializadas para sostener vínculos, escuchar, comprender, contener y cuidar. Este trabajo emocional, frecuentemente invisible, constituye una de las bases que permiten el funcionamiento cotidiano de nuestras familias, comunidades y territorios. Aunque los derechos de las mujeres han avanzado en distintos ámbitos, la distribución de las responsabilidades de cuidado continúa siendo profundamente desigual. La maternidad y los cuidados en general siguen recayendo trágicamente sobre las mujeres, limitando sus posibilidades de desarrollo, autonomía y participación en condiciones de igualdad.
Esta desigualdad no solo afecta la vida doméstica. También configura la manera en que habitamos nuestras relaciones. Mientras para muchos hombres una mala experiencia sexoafectiva puede estar asociada a la incompatibilidad o al desencuentro, para muchas mujeres las memorias de sus vínculos incluyen experiencias de violencia, acoso, abuso de poder o vulneración de límites. Por ello, la disposición a vincularse no ocurre en condiciones de igualdad.
Las mujeres hemos aprendido a vivir en alerta. Cada nueva relación, invitación o encuentro implica evaluar riesgos que muchas veces permanecen invisibles para quienes nunca han debido convivir con el miedo a ser violentados. No se trata de una característica individual ni de una exageración, sino de una respuesta construida a partir de experiencias compartidas y de una realidad donde la violencia contra las mujeres sigue siendo cotidiana.
Desde los feminismos comunitarios y territoriales se ha planteado que existe una relación profunda entre la explotación de los territorios y la explotación de los cuerpos. Los cuerpos de las mujeres han sido históricamente tratados como territorios de extracción, espacios desde los cuales obtener trabajo, cuidados, energía emocional, reproducción y disponibilidad afectiva. La misma lógica extractivista que considera a la naturaleza como un recurso disponible para la acumulación también ha considerado históricamente el tiempo, la energía y la capacidad de cuidado de las mujeres como recursos inagotables.
Las defensoras comunitarias de Abya Yala han nombrado esta realidad a través del concepto de cuerpo-territorio. Esta mirada reconoce que la violencia ejercida sobre los territorios y la violencia ejercida sobre los cuerpos de las mujeres forman parte de una misma estructura de dominación. Cuando se contamina un río, se destruye un bosque o se desplaza a una comunidad, también se erosionan las redes de cuidado, los vínculos y las formas de vida que sostienen la existencia. La defensa del territorio no es únicamente una lucha ambiental, es también una defensa de la vida en todas sus dimensiones.
No resulta extraño entonces que muchas mujeres percibamos que el sistema exprime cada gota de nuestro amor, nuestros anhelos y nuestras pasiones. Se nos enseña a cuidar, a sostener, a sanar y a reparar, pero rara vez se nos pregunta qué necesitamos para sostener nuestra propia vida. La reciprocidad, que debería estar en el centro de toda relación humana y más que humana, es frecuentemente reemplazada por dinámicas de desgaste y sacrificio.
En América Latina, donde comunidades completas enfrentan la destrucción de sus ecosistemas, la expansión extractiva y la mercantilización de la vida, muchas mujeres han comenzado a cuestionar no solo las formas tradicionales de relacionarse, sino también el mandato de seguir reproduciendo un sistema que amenaza aquello que sostiene nuestra existencia. Un sistema donde la propiedad privada se ha impuesto por sobre las formas de vida, subordinando los ciclos de la naturaleza, las relaciones comunitarias y los bienes comunes a las exigencias de la acumulación económica.
Quizás la pregunta ya no sea por qué tantas mujeres están renunciando a vincularse sexoafectivamente. La pregunta es cómo se espera que sigamos sosteniendo, con nuestros cuerpos, afectos y trabajos de cuidado, un modelo que erosiona simultáneamente la vida humana y los territorios que la hacen posible.
Tal vez uno de los gestos más transformadores de estos tiempos sea desplazar nuestra energía desde la supervivencia emocional dentro de relaciones desiguales hacia la defensa de aquello que realmente nos sostiene: la comunidad, el territorio y todas las formas de vida que lo componen.
Porque quizás el acto más radical de nuestro tiempo sea dejar de ofrecer nuestros cuerpos y afectos como combustible para un sistema que nos destruye, y poner esa energía al servicio de la regeneración de los territorios que todavía nos permiten existir

