Muchos Pro-Vida… Pero Pocas Adopciones y Familias de Acogida

Por: Carlos Francisco Reyes Reyes, Psicopedagogo, Presidente Fundación Apapachos Chile.

Vivimos en una sociedad donde muchas personas defienden con fuerza el derecho a nacer. Lo vemos en marchas, campañas, publicaciones y debates que hablan constantemente sobre la importancia de proteger la vida. Y sí, defender la vida importa. Siempre importará. Pero hay una pregunta incómoda que pocas veces nos hacemos: ¿qué pasa después del nacimiento?

Porque mientras miles levantan discursos sobre la importancia de que un niño venga al mundo, cientos de niños ya nacidos siguen creciendo en residencias, esperando algo tan básico como una familia, un abrazo permanente o alguien que decida quedarse. Ahí el silencio suele ser mucho más grande.

En Chile existen niños que pasan años institucionalizados. Niños que no solo necesitan comida, ropa o un techo, sino estabilidad emocional, vínculos seguros y adultos que no desaparezcan con el tiempo. Necesitan sentirse elegidos. Y eso es justamente lo que más escasea. Lo doloroso es que muchas veces la discusión sobre “la vida” termina reducida únicamente al nacimiento, como si el desafío acabara cuando un bebé logra llegar al mundo. Pero la vida humana no se sostiene sola. Crecer también necesita amor, acompañamiento y comunidad.

Y quizás lo más duro es que muchos de esos niños, años más tarde, terminan formando parte de las mismas realidades que como sociedad volvemos a mirar desde lejos: abandono, consumo problemático, salud mental deteriorada y situación de calle. En Apapachos lo hemos visto muchas veces. Adultos que hoy sobreviven en una vereda alguna vez también fueron niños vulnerados, niños que crecieron sin redes, sin estabilidad y sin alguien que permaneciera cuando más lo necesitaban.

Por eso esta reflexión no busca atacar la fe. Todo lo contrario. Porque resulta imposible leer el Evangelio y no encontrarse con un Jesús que no solo defendía la vida, sino que también sostenía vidas heridas. Jesús acompañaba, alimentaba, escuchaba y permanecía junto a quienes todos los demás habían dejado atrás.

Tal vez el problema es que defender ideas es más fácil que sostener personas. Porque acompañar vidas reales implica tiempo, desgaste, paciencia y compromiso. Ser “provida” no debería terminar en el parto. Debería comenzar ahí. Porque quizás la verdadera defensa de la vida no se demuestra solamente en una marcha, sino en quienes deciden quedarse cuando una vida todavía tiene esperanza de no terminar siendo olvidada.

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